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Abrazar las urbes

Abrazar las urbes

Se ha dicho todo, y se afirmará considerablemente más, sobre esta pandemia, sus consecuencias, los fallos y los proyectos errados del gobierno a lo largo de esta situación de alarma. No vale la pena continuar dando vueltas a lo mismo y echar más leña a un fuego que está suficientemente crecido. La constatación es evidente: los españoles lo pasamos mal y tenemos temor al futuro.

La mezcla de sufrimiento y también inseguridad provoca un temor que se convierte en pavor que nos paraliza. Llevamos muchos días metidos en nuestras casas. Nos comunicamos por medios telemáticos que nos presentan una supuesta realidad que no deja de ser virtual. No hemos podido despedir como se merecen a nuestros seres queridos, que esta epidemia les ha arrebatado la vida y cercenado una parte de la nuestra. Las calles están medio vacía o bien desiertas. El panorama de las urbes es triste y desolador. Ahora se añade la inseguridad y la congoja frente a un futuro ignoto.

Pese al sufrimiento que está ocasionando esta situación, la esperanza debe iluminar nuestras vidas y saber que tras la noche llega el día que nos deslumbra con su intensa luz y colores. Todo túnel tiene una salida y la vida se reinventa en todos y cada momento. Si somos optimista y tenemos esperanza vamos a salir robustecidos de esta situación anormal que se nos ha venido encima. Volveremos a salir a las calles, a saludarnos con cariño y alegrarnos frente a la visita y la presencia de los seres queridos, familiares, amigos y conocidos. Volveremos a abrazar a nuestras urbes, a querer la variada paleta de colores que muestra la primavera. Vamos a ser sensibles frente al armonioso y hermoso canto de un ave. Vamos a vivir en paz con el ambiente y vamos a cuidar considerablemente más los detalles que ya antes nos pasaban inadvertidos. Valoraremos considerablemente más lo que tenemos, sobre todo la vida y sus posibilidades, y no anhelaremos patológicamente lo que carecemos.

Pronto vamos a abrazar las calles. Las vamos a llenar de conversaciones, de alegría y de dicha. La vida florecerá en un bullir progresivo donde el humano va a ser el protagonista y las cosas medios para facilitar y progresar nuestra existencia. Va a ser el instante de valorar el tercer principio sobre el que se asentó la revolución francesa, la hermandad. O sea, la capacidad que tenemos los humanos para ser sociables, edificar comunidades en las que el convivir mejora y potencia el mero vivir. La capacidad para entender y hacernos cargo de la vida y de las necesidades del resto con sentido ética y justicia. El humano es una criatura excelente que ha probado su capacidad para superar las contrariedades y mudar el corte de los sucesos saliendo con bien de ellos. Hemos sabido edificar donde solo había desolación, hemos sabido avanzar donde solo había contrariedades inmejorables, nos sorprendemos frente a la grandiosidad del universo, mas no nos detenemos en nuestro anhelo de conocerlo para hacerlo nuestro. Y tras esta pandemia asimismo vamos a salir mejor de de qué forma nos vimos lanzados y sumidos en ella.

Y cuando todo esto finalice liberaremos la enorme alegría que hemos guardado entre los muros de nuestras casas. Vamos a dar brida suelta a nuestra dicha para hacer felices a los que nos rodean. Acariciaremos las calles con la delicadez de unos amantes que aprecian lo que tienen y padecen con lo que han perdido. Vamos a abrazar de manera fuerte la existencia hasta exprimirla totalmente y dejarla sin aire. La vida va a ser fantástica, con contrariedades y sufrimientos, mas con mucha alegría.

Y vamos a olvidar los malos instantes. Valoraremos a los responsables públicos que aceptan sobre sí la labor de progresar nuestras vidas. Rechazaremos a todos y cada uno de los profetas del apocalipsis y charlatanes que venden humo y que piensan solo en sí. En resumen, esta pandemia nos va a hacer madurar humana, social y políticamente.