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martes, 15 junio, 2021

Adeptos al sexo

  • Una de cada veinticinco personas, conforme los estudios, vive el sexo como un tormento

  • Los abusos en la niñez, las faltas cariñosas y la baja autoestima están tras una adicción igualmente destructora que la droga más dura

El circuito apremiante de Ramón se enciende en general sin aviso previo. En ocasiones con una caña. O bien con un simple cigarrillo. Otras con la visión de un anuncio de ropa interior en la parada del autobus. No hay un patrón definido. Ocurre, se enciende un clic, y ya está. «Cuando tenía veinte años ya lo pasaba mal. No me bastaba con masturbarme una vez, sino debía ver cada vez más y más porno, hasta el momento en que comencé a ir a casas de putas. Tienes paréntesis que te hacen opinar que no tienes un inconveniente, mas el día menos pensado vuelves, y repites por la tarde, al día después y de esta manera a lo largo de semanas hasta el momento en que vuelves a parar».

Quién habla es Ramón (nombre falso), un hombre entrado en los cuarenta que recibe terapia para su adicción al sexo. En términos clínicos no es un vicioso, sino más bien un enfermo. Perdió 2 parejas, amigos y mucho dinero. Ahora procura recobrarlo. «Mi vida era una mierda. En un par de semanas me podía gastar mil euros y después me quería suicidar», recuerda. «Pedí ayuda. Ya no quedaba con mis amigos por el hecho de que prefería buscar sexo, dejé muy de lado mi trabajo y estaba a puntito de perderlo todo. Mi pareja actual me ayuda con la terapia», apunta.

Ramón es uno de los pacientes que recibe terapia en el Instituto Valenciano de Ludopatías y Adicciones no Tóxicas de València, el centro vanguardista en España en tratar a personas con inconvenientes adictivos alén de las drogas. Asimismo los hay en Proyecto Hombre y en muchos gabinetes sicológicos, donde atienden a personas que procuran ayuda para liberarse de su yugo particular. Toxicómanos. Alcohólicos. Ludópatas de bingo y de apuestas deportivas. Y adeptos al sexo. Ciertos, a múltiples cosas o bien a todo al unísono. Hombres y mujeres. Jóvenes y maduros. La insatisfacción, las faltas cariñosas, los abusos sexuales en la niñez y, en ocasiones las drogas, están tras un síndrome capaz de destruir a quien lo sufre. De una máquina tragaperras se puede huir; de uno mismo, no.

La adicción al sexo es un trastorno sicológico, muy cerca de ser reconocida como enfermedad por la Asociación Americana de Siquiatría (APA), la biblia en estos temas. La OMS (OMS) ya la incluyó formalmente, a falta de ser aprobada por los países miembros, como tal. La relevancia de reconocer este inconveniente como una nosología es la posibilidad de que aquellos que han dejado de gozar el sexo y han pasado a padecerlo soliciten ayuda.

«Pronto lo va a estar. A fin de que algo se considere adicción, como la droga, se deben dar 2 condiciones: tolerancia y abstinencia. O sea, que cada vez la consumamos con más frecuencia y que genere síntomas cuando no lo hacemos. Si eso lo trasladamos a una conducta sexual, así sea masturbación, cibersexo, promiscuidad o bien prostitución, genera lo mismo y cada vez interfiere más de manera negativa en tu vida. Se identifica por un instinto imparable que la persona no puede supervisar. El adepto al sexo pierde el control de su rutina, de su economía y padece cambios severos de humor, puesto que su estado sensible es controlado por una actividad sexual que ha escapado a su control», explica la responsable del centro, Consuelo Tomás. «Un adepto al sexo es aquel o bien aquella que tiene prácticas sexuales que son muy breves y normalmente poco satisfactorias, repetitivas y muy anónimas. Está plenamente distinguida de los aprecios y aparece un síndrome de abstinencia cuando se para», agrega.

Pilar, de treinta y ocho años, paciente del mismo centro y asimismo de nombre simulado, asistió a terapia el día una vez que un amigo de su marido la viera entrando en un hotel con otro hombre. Hacía tiempo que sostenía contactos virtuales en páginas de internet. Hasta el momento en que cruzó otra frontera: las quedadas pasaron de la cámara web a la cama. Entre los nueve y los trece años padeció abusos sexuales de un familiar y su conducta sexual quedó marcada para toda la vida. Tiene una necesidad imparable, afirma, de acostarse con el primero que coja. Morbo, le llama. «Hay estudios que relacionan los abusos sexuales en la niñez con la adicción en la edad adulta», apunta Consuelo Tomás.

Mas si hay un patrón muy corriente es de la persona con baja autoestima. Pilar, como otros pacientes, busca encuentros sexuales anónimos para huir del displacer, como el que adquiere medio gramo de coca a las seis de la tarde para eludir un final de día de perros. De ahí que, decir que la mayor parte de las personas infieles o bien las que experimentan todo género de parafilias son adeptas sería como decir que lo son los que se masturban o bien ven pornografía. La adicción al sexo no guarda relación con gozar de una sexualidad abierta y variada. «Nosotros no juzgamos. Cada uno de ellos escoge su sexualidad. El inconveniente es cuando se transforma en un tormento», agrega. Se aplica el sentido común: «Hacerlo» todos y cada uno de los días no es malo. ¿Quizá afirmamos que alguien es adepto cuando ve 2 partidos de futbol al día?

Los estudios sugieren que hasta uno de cada veinticinco adultos está perjudicado por una conducta sexual apremiante, una obsesión con pensamientos sexuales, sentimientos o bien comportamientos que no se pueden supervisar. Como las drogas o bien la ludopatía, el sexo enciende exactamente los mismos interruptores del placer en el lóbulo frontal. «Todo lo que produce placer puede generar adicción. Acá la mayor parte vienen por la adicción a alguna substancia, mas no son pocos en quienes a lo largo de la terapia brota su inconveniente apremiante con el sexo y lo abordamos, como resulta lógico, como es debido», explica Vicent Andrés, directivo de Proyecto Hombre Valencia.

No ocurre siempre y en toda circunstancia, mas ciertos comportamientos ponen en marcha la liberación a chorros de dopamina en el cerebro de Miguel, de treinta y cinco años. Dejó de tomar alcohol para disminuir al mínimo peligros tras comenzar la terapia. A los veinte años ya conectaba con páginas de porno on-line ya antes de empezar a abonar por tener sexo. Cuando escucha a alguien contar su adicción a la coca o bien al alcohol, siente que esa es su historia: el sudor, los temblores, la sofocación, los remordiminetos, el temor, el deSeo desmandado de lograr lo que precisas.

Miguel perdió una casa y 2 puestos por su espiral adictiva. Su precedente pareja le dejó. La alarma roja se encendió hace unos meses cuando su inconveniente se hizo considerablemente más gordo: no podía eludir coquetear con las amigas de su novia actual en las redes sociales y comenzó a ser señalado. «Hay gente que afirmaría que soy un golfo, mas no. Lo que soy es un esclavo. No puedo dejar de tener fantasías sexuales y de tener relaciones promiscuas. Cuando bajo las escaleras de la casa particular de una puta, ya pienso en regresar a joder. No soy dueño de mí mismo», afirmó el día de su presentación frente al sicólogo. Él ha cancelado sus tarjetas. Ha ordenado al banco que no le deje sacar dinero. Ha cerrado su línea de fibra óptica de quinientos megas para no pasarse las horas fallecidas deambulando por páginas porno. Miguel está en la ruina, acepta, y no solo económica. Jamás más va a poder llevar una visa en el bolsillo.

¿De qué forma se cura la adicción al sexo? «Primero hay que reconocerlo y solicitar ayuda. Hay que comprender que el sexo es una conducta saludable, sana, mas deja de serlo cuanto tu esfera sensible se ocupa de ello. El sexo no se puede quitar, mas si podemos encauzar esas conductas, aprendiendo a supervisar ese impulso sexual compaginándolo con la restauración de esas cosas que nos dan bienestar en la vida, como quedar con los amigos o bien hacer deporte», explica Tomás.

El estigma social del adepto sexual, aclaran los especialistas, es un inconveniente añadido. Aquel que asiste a terapia a solicitar ayuda no hostiga, no viola, no transgrede ni traspasa determinados límites. Quien lo padece se autodestruye, mas lidia a solas con sus diablos.

Los especialistas coinciden: ser adepto al sexo es como ser yonqui. Sesiones de horas de sexo que no generan placer y que solo atenúan por unos momentos la sofocación, la ansiedad. El averno por el que pasa Pilar, que procura recobrar la custodia de su hijo, sirve para saber de qué charlamos. Ni es una puta ni Miguel un machote. Vale ya de rechistes simples. Ser un adepto al sexo no tiene ninguna gracia. El estigma de esta enfermedad «humillante» sostiene a sus presas en constante enfrentamiento con sus valores morales.

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