/«Confiad en los okupas por el hecho de que los ‘indepes’ son tontos»
«Confiad en los okupas por el hecho de que los ‘indepes’ son tontos»

«Confiad en los okupas por el hecho de que los ‘indepes’ son tontos»

Que en el carrusel de la profunda inmoralidad de la política catalana cada uno de ellos tenga su rol muy asumido, y ya ni repare en su desvergüezaa atroz; que la maquinaria esté escanadolsamente aceitada de cinismo y corrupción, no es impedimento que impida que los líderes del independentismo se den cuenta del bajo nivel intelectual y la inmadurez de su infantería. ETA se dio cuenta años ya antes, y a sus comandos les aconsejaba que cuando se instalasen en Barna para cometer sus crímenes, no confiasen en los grupúsculos independentistas –que estaban entonces alrdedor de Terra Lliure y el MDT (Moviment per la Defensa de la Terra)– por el hecho de que eran «tontos y bocazas», y carecían de la menor infraestructura, y que más bien se aliaran con los okupas y los antisistema, como de esta manera hicieron, y de esta manera pudieron matarnos, y de ahí el plus animadversión que los catalanes aceptables sentimos por estos colectivos, que tienen las manos manchadas de sangre. De nuestra sangre.

Cuando Puigdemont y Tuesta se reunieron en Waterloo para decidir y organizar la reacción a la sentencia del Supremo, sugirieron a Sunami Democràtic –es decir, a ellos mismos– que no planease sus demostraciones mediante las organizaciones independentistas, «porque son estúpidas y cobardes», sino más bien –como ETA– por medio de los okupas y los antisistema, a los que adquirieron al costo específico de tres mil euros por cabecilla. No eran pocos los cabecillas, no fueron pocos los sobres. Pagaron ciertos empresarios del FemCat, claramente independentistas, y otros que sin serlo o bien aun estando en contra, hacían su aportación para estar bien con ellos si al final resulta que ganaban. Es otra patentiza del gran drama de la burguesía catalana, que ha renunciado a liderar la sociedad y son solo varios ricos que defienden sus intereses particulares poniéndole una candela a Dios y otra al demonio.

En lo rigurosamente político, mientras que Puigdemont contrataba a sicarios para sustituir la torpeza de la turba independentista, Tuesta le mandaba a su consejero de Interior, Miquel Buch, que los Mossos refrenaran los altercados que y Puigdemont habían inspirado –poniendo de esta manera bajo riesgo, desde la total frivolidad, la vida de los agentes de policía– a fin de que el Gobierno no aplicase el artículo ciento cincuenta y cinco. De un lado, Tuesta condenaba la violencia callejera, del otro, la patrocinaba y participaba en marchas y cortes de autopistas con su esposa Carola. Fue la puesta en escena de siempre y en toda circunstancia, para mentir como siempre y en todo momento a los suyos sin meterse en demasiados líos graves. Apariencia de reto total para al final terminar jugando a poner pancartas.

Pese a que Pero liquidó formalmente las iniciales de Convergència y Unió, la estructura de la trama y el sistema conceptial siguen siendo exactamente los mismos. Pese a que el dinero negro y las comisiones fraudulentes ya no son lo que eran, lo que todavía se paga en Cataluña lo pagan exactamente los mismos de siempre; y si bien los despistados puedan meditar que los catalanes hemos alterado, seguimos siendo exactamente el mismo pueblo pactista, diverso, trabajador, corrupto y majadero de siempre; y lo que menos ha alterado es exactamente la turba, tan imbécil, repelente y apabulladoramente ignorantes de lo realmente se cuece que hasta sus líderes saben que no pueden confiar en ella. Y lo que se vendió como el estallido espontáneo de una sociedad oprimida, humillada y que no podía más, fue el orquestado ataque de unos sicarios –pagados por los empresarios que frecuentemente corrompen al Govern y que entonces se quejan de que los altercados espantan a los turistas– pues tanto Puigdemont como Tuesta sabían que los independentistas no tendrían las agallas de hacer nada, ni de tomar ningún peligro para proteger su tan apelada «dignidad nacional», como meticulosamente pudo comprobarse cada una de las noches en que Barna ardió: cuando los sicarios habían echado ya sus horas contratadas y abandonaban las barricadas en ruinas, con ellos se iban los de la presunta dignidad, probando lo que hasta sus líderes sabían, y que es que no tenían ningún