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lunes, 14 junio, 2021

«El desvarío de la uci me hizo pensar que era el guitarrista de Guns N’ Roses»

José Manuel Codón, de treinta y nueve años, estuvo veintitres días con coronavirus en la unidad de cuidados intensivos de Vall d’Hebron. Ocurrió en la primera oleada mas, un año después, este vecino de Sant Andreu todavía arrastra las secuelas: le cuesta pasear, siente fatiga. «Estoy acá de milagro», narra.

El relato de aquella temporada «confusa», José Manuel Codón (Barna, mil novecientos ochenta y uno) ha conseguido hilvanarlo merced a lo que le contaron las enfermeras. «Los 3 primeros días tras salir de la uci, tuve el desvarío de que era el guitarrista de Guns N’ Roses. Me agradan mucho el ‘heavy’ y el rock’ y contaba que estaba ahí por el hecho de que me había dado un infarto en un concierto en la capital española. A lo largo de 3 días fui Slash de Guns N’ Roses, ¡algo bueno me llevé!», explica a EL PERIÓDICO desde el salón de su casa del distrito barcelonés de Sant Andreu.

Lo cuenta con humor, mas sin ocultar la gravedad de la situación, la «más gordita» en la que se ha visto envuelto jamás: se inficionó de covid-diecinueve el marzo pasado y el virus, con treinta y ocho años, lo tuvo veintitres días en la uci del Centro de salud Vall d’Hebron y después un mes más hospitalizado en planta. Entró en el centro el veintiuno de marzo y salió el once de mayo. Y, después, estuvo 5 semanas en su casa, de «hospitalización domiciliaria». «Hará un año de todo aquello y todavía tengo secuelas. Sobre todo, fatiga y me cuesta pasear», afirma. «Estuve múltiples veces a puntito de fallecer. Yo estoy acá de milagro», asevera.

Los desvaríos o bien síndromes confusionales agudos son un inconveniente usual en los enfermos críticos y están asociados a estancias, sobre todo prolongadas, en las ucis, en periodos de blog post-sedación. Los padecen un treinta por ciento de los pacientes que entran en estas unidades. Codón ya empezó a desvariar ya antes de su entrada al centro de salud, en su casa, cuando tenía fiebres superiores a cuarenta grados y escupía sangre.

«Recuerdo el instante en que me sacaron de la uci entre aplausos. Me recogió un celador que me creí que era un chaval del pueblo de mi madre. Le estuve hablando tal y como si fuera , y no. La uci hace que la cabeza quede muy tocada. La paranoia, los desvaríos y las alucinaciones prosiguieron a lo largo de mucho tiempo», narra este joven, que asimismo lleva años tratándose un trastorno de ansiedad y depresión.

De qué manera comenzó todo

Este vecino de siempre de Sant Andreu piensa que se contagió en el centro de terapia ocupacional en el que trabajaba, donde estaba en contacto con jóvenes y adultos con trastornos psicóticos y del fantasma autista que procedían cada uno de ellos de una vivienda diferente. El viernes trece de marzo, cuando el Gobierno declaró el estado de alarma, Codón ya se hallaba «bastante mal». «El sábado tuve claro que eso no era una gripe pues era muy bestia».

Estuvo en casa 9 días ya antes de ser trasladado claramente al centro de salud. Anteriormente, al quinto día consiguió que lo atendiesen por teléfono (en aquel instante las líneas y servicios estaban colapsadas) y una ambulancia asistió a su casa para llevárselo. Mas se negó: «Me entró el pavor, no deseaba aceptar que tenía covid-diecinueve. Fue una cagada por el hecho de que si hubiese ido en aquel instante me hubiese ahorrado ciertas cosas», cuenta. Al día después Codón no pudo más y decidió que sí debía ir al centro de salud, mas no logró contactar hasta el noveno día desde el principio de los síntomas. Ahí lo trasladaron.

Todo fue muy confuso. Grabé un vídeo para despedirme de mis amigos antes que me durmiesen, mas no recuerdo de haberlo hecho

De su preingreso en la uci apenas recuerda nada. «Todo es muy confuso. Grabé un vídeo para despedirme de mis amigos antes que me durmiesen, mas no recuerdo de haberlo hecho. Me lo enseñaron en el mes de julio», narra Codón. Sí recuerda una cosa: el «trato genial, siempre y en todo momento», de los sanitarios de Vall d’Hebron.

El «milagro»

Mientras que estaba en la uci, no lejísimos de allá, en el distrito de Sant Andreu, su madre, viuda de setenta y dos años, aguardaba con sofocación las noticias del hijo. «El día que me metieron en la uci, me durmieron y también procuraron hacerme una traqueotomía, mas no pudieron pues los pulmones estaban mojados de sangre. Consiguieron hacérmela al tercer día, mas esos un par de días anteriores los médicos preparaban a mi madre para lo peor. ‘No podemos intubarle, no puede respirar por sí solo, la oxigenoterapia ayudar no le marcha…’. Al fin, alguien consiguió meterme la tráqueo prodigiosamente», cuenta Codón.

Su ingreso, afirma, fue «complicado». Por el hecho de que en la uci sangraba mucho por la boca y estuvo múltiples veces «a puntito de fallecer». Mas por último todo salió bien. Y, una vez en planta, un compañero de habitación le prestó su móvil para hacer una video llamada con su madre por el hecho de que Codón no se acordaba de emplear el suyo. «Fue la primera vez que la vi en muchas semanas y los 2 nos echamos a plañir. Fue muy apasionante. Creo que en los instantes muy, malísimos siempre y en todo momento recuerdas de tu madre. No de tu padre, ni de tu hermano, ni de tu pareja. Recuerdas de tu madre por el hecho de que ese vínculo es de esta manera. Recuerdo verla plañir y plañir, plañir mucho».

La primera video llamada con mi madre fue muy apasionante. En los instantes malísimos siempre y en toda circunstancia recuerdas de tu madre. Recuerdo verla plañir y plañir

Recuerda la «soledad» en el centro de salud y reconoce que fue un «paciente maldito». «Hubo días en que llevaba muy mal el aislamiento [pasó períodos solo en la habitación] y llamaba mucho al timbre solo por ver a alguien entrar. Precisaba contacto humano y jamás absolutamente nadie me puso mala cara. Era la temporada en que los sanitarios se debían poner el buzo toda vez que entraban… Eso a mí se me ha quedado muy dentro», cuenta Codón, quien solo tiene palabras de agradecimiento para los profesionales de Vall d’Hebron. Y asimismo recuerda de qué manera muy poquito a poco entendió qué ocurría fuera de aquellas 4 paredes que a lo largo de un par de meses fueron su planeta. «Sabía que pasaba algo, mas no era siendo consciente del nivel de confinamiento y parón en aquella temporada».

El alta hospitalaria

El once de mayo, Codón recibió el alta hospitalaria. Ya estaba «harto» de estar ingresado. Se empeñó en ir andando de la habitación a la ambulancia, si bien aún le costaba mucho, puesto que había perdido quince kilogramos. «El recorrido en ambulancia a mi casa, que dura quince minutos, fue como un vuelo hacia la India. Fue superguay. Iba mirando por la ventana y era todo nuevo. En la puerta me estaba aguardando, al lado de mi madre, una tía que vive acá cerca. Y recuerdo las ganas de abrazarlas y no poder», explica conmovido.

Esta dura experiencia, con todo, ha alterado cosas en él. Codón piensa que ha aprendido a tener «más paciencia» con los otros por el hecho de que ha visto que «las cosas son muy pasajeras». «Mi trato con el resto es más paciente, más próximo, más apacible. No demando tanto como anteriormente». Además de esto, ahora está terminando un curso de atención sociosanitaria. «Me han ayudado mucho y deseo devolverlo».

Yo estoy acá de milagro y tengo treinta y nueve años. Esto no es ninguna broma; un año después, prosigo pagando las consecuencias

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Ello a pesar de que proseguirá de baja, calcula, «hasta en un par de meses». Le han quedado muchas secuelas de su paso por la uci. En primavera le van a hacer una prueba para poder ver de qué manera evoluciona su afección respiratoria. «Lo que más cuesta es la restauración muscular. Hoy, aún las piernas me fallan. ¿Qué más? La fatiga. Hay días en que es durísima, estás hecho una mierda si bien no hagas nada. Asimismo he tenido inconvenientes de piel, de caspa y el pasado día no me pudieron hacer unas analíticas pues tengo las venas contraídas», comenta.

Para finalizar, lanza un mensaje a quienes minimizan el peligro del coronavirus y se brincan las limitaciones. «Que vean esta entrevista. Yo estoy acá de milagro y tengo treinta y nueve años. Que no es ninguna gracieta, que llevo un año y prosigo pagando las consecuencias».

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