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viernes, 17 septiembre, 2021

El subasteo de los fondos europeos

Seguramente la moraleja más plausible del cuento de Hans Brinker sea que al actuar en el instante conveniente, con resolución y los pies en el suelo, salvar un país de la catástrofe puede ser prácticamente un juego de pequeños.

Viene esto a colación de nuestra tendencia a enredarnos en elucubraciones bizantinas a propósito del encaje de esta o bien aquella zona en los temas de la Nación, empleando con frecuencia una fraSeología propia de Corín Tellado, trufada de “seducción” y “desafección”, con cuyo repelente sentimentalismo se nos distrae de lo realmente substancial, como es que tenemos un sistema electoral que favorece lo que los estadounidenses llaman pork-barrel, consistente en subastar el voto para conseguir prebendas y ventajas particulares que impiden las distintas zonas prosperen de pie de igualdad. El último ejemplo lo tenemos en el secreto conocido de las negociaciones bajo mano del Gobierno central con partidos regionalistas sobre el reparto de los fondos europeos, a cambio de sus votos para aprobar los presupuestos generales del estado.

Sin ser un fenómeno nuevo, en circunstancias normales, como las del Acuerdo del Majestic, este abuso interesado de sacarle partido a las inconsistencias de nuestro sistema electoral es injusto, más en una situación de crisis nacional como la ocasionada por la pandemia, es simplemente inadmisible que Sánchez actúe como un enorme subastador presto a consentir que los mejores pujadores acaparen más a cambio del puñado de votos, con los que se posterga a las zonas menos prósperas a proseguir siéndolo, obcecando cualquier atisbo de cohesión nacional de pie de igualdad.

Como en el cuento del pequeño holandés, lo esencial es taponar la fuente del inconveniente, no liarse en mudar la naturaleza de las cosas, sean estas líquidas, como el mar, o bien viscosas, como el nacionalismo. Nuestro equivalente del dedo de Hans podría sencillamente ser una reforma de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General, que haría superfluo mudar la Constitución, para asignar los escaños en Circunscripción Única, rectificando el articulo ciento sesenta y dos para que cada provincia pase de tener asignados 2 escaños a serle consignado uno, y el artículo ciento sesenta y tres para rebajar el umbral de representación, que causa una sobrerepresentación a las provincias más despobladas y penaliza a las de mayor censo. Estas modificaciones aproximarían nuestro sistema electoral, exactamente, al de la patría de Hans Brinker, donde se reparten todos y cada uno de los escaños en función de los votos logrados por cada candidatura, lo que tiene la virtud de nivelar el porcentaje de votos conseguidos por candidatura y la representación adjudicada en el parlamento, complicando de esta forma la implantación de feudos electorales como en la Cataluña rural, y, por lo tanto, el empleo de exactamente los mismos para el subasteo parlamentario del caciquismo travestido de nacionalismo.

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