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La esencia de la democracia

La esencia de la democracia

Desde inicio de este siglo se están levantando voces que charlan de la crisis de la democracia como forma de Estado y de gobierno. Estas críticas acostumbran a generarse por las disfunciones que producen la actuación de los ejecutivos, que no acostumbran a respetar la división de poderes que es una de las peculiaridades esenciales de la moderna democracia. Las voces que desean mudar el funcionamiento de la democracia no plantean otra forma de Estado, sino más bien otra forma de regir las naciones y regentar la confianza concedida por el pueblo al ejecutivo. Vivimos instantes bastante difíciles cargados de inseguridad y también incógnitas. La pandemia producido por el Covid-diecinueve nos impide planear en un largo plazo, ni tan siquiera somos capaces de aventuramos a meditar en un lapso temporal de alén de una semana. La carencia de confianza en el futuro nos paraliza, y atenaza social y a nivel económico a la sociedad de España. Mientras, el ejecutivo prosigue con su programa de reformas, invasión de competencias y falta de pactos con las comunidades autónomas para solucionar los horribles efectos de la pandemia.

Hace 25 siglos, más o menos, el historiador heleno Tucídides narró de forma magistral los acontencimientos de la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta. En su narración hallamos creencias sobre personajes y sobre el funcionamiento de la democracia ateniense en un periodo crítico de su historia. Tanto el relato de los hechos como las creencias son de plena actualidad. Voy a poner 2 ejemplos. El primero es el alegato del joven Alcíbiades, acólito de Sócrates, un noble ambicioso y sin escrúpulos, que en el alegato que recoge Tucídides demandaba para sí el mando supremo de la expedición a Sicilia. Para persuadir o bien asustar a los atenienses usó una expresión que ha pasado a los anales de Historia: «El poder me pertenece». Lo que venía a decir es que tenía el derecho y el deber de ejercer el poder como patrimonio personal, sin límite alguno y sin discusión posible sobre su pertinencia y méritos para retenerlo. El segundo es una oración que deslizó a propósito de un suceso: «Atenas es una democracia regida por un solo hombre: Pericles».

Estas 2 oraciones muestran con nitidez la manera de regir de nuestro ejecutivo en estos tiempos de inseguridad, temor y falta de confianza en la ciudadanía. Por una parte, la alianza gobernante considera que, por contar con una irrelevante mayoría, sostenida con votos de partidos que sí desean mudar la manera de Estado recogida en la Constitución del mil novecientos setenta y ocho, tiene libertad para actuar como desea, cuando desea y sobre quien considere oportuno. El confinamiento de las poblaciones de la Comunidad de la villa de Madrid recogidas en el BOE quiere decir que no respetan las resoluciones de los tribunales de justicia. El poder les pertenece y pueden hacer lo quieran con él. Esto trae como consecuencia que nuestra democracia parezca estar regida por una persona, o bien lo que sería peor, por un conjunto muy reducido de políticos que imponen su voluntad sobre toda la ciudadanía. Esto en la división tradicional de las formas de gobierno lleva por nombre oligarquía.

El interrogante la elaboraba Cicerón: ¿Hasta en qué momento van a abusar de nuestra paciencia? ¿Hasta en qué momento vamos a acudir como cómplices condescendientes de los actos del ejecutivo que se traducen en el recorte de nuestros derechos esenciales? ¿Proseguiremos admitiendo que el poder esté en una o bien en pocas manos sin respetar la separación de poderes? Es hora de rememorar que un gobierno, por muy lícito que sea, puede transformarse en ilegal pues sus actos no se ajustan ni a la esencia de la democracia ni a la legalidad actual.