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jueves, 5 agosto, 2021

La otra Cataluña (de Rusiñol)

ES una lástima que Joglars recalase tan poquitos días con ‘Señor Ruiseñor’ en Barna. I enfrenta, gràcies! Eso de ser ‘malos catalanes’, siempre y en todo momento conforme la arbitraria entomología de la tribu, acarrea que no hayan podido representar este montaje estrenado en 2018: ¡Llevaban 6 años sin trabajar en la Urbe Condal!

El día de hoy se cumplen noventa años de la muerte de Rusiñol: el catalán –de verdad– universal que espiró el último suspiro en el hostal de El Rana Verde. En el el Aranjuez que en tantas ocasiones había pintado.

En las memorias ‘Santiago Rusiñol vist per la seva filla’ (Aedos, mil novecientos cincuenta) María Rusiñol resaltaba la amistad de su padre con Alfonso XIII. En una de sus estancias en la capital de España, Rusiñol y su esposa, Lluïsa Denís, que presenciaban las carreras del Hipódromo, repararon en que el Rey entraba en el circuito. Alfonso XIII se percató; dejó plantada a la comitiva y se fue a buscar a su amigo para interesarse por su salud (Rusiñol había sufrido un ataque de gota). Al confirmar que el artista ya se había recuperado, le comunicó que le había nombrado Jardinero General de Aranjuez. De esta forma podría entrar en el parque sin solicitar permiso a absolutamente nadie.

En otro encuentro en los toros, el Rey invitó a Rusiñol a que le acompañase a la tribuna de honor. En otra ocasión, tras charlar con Rusiñol –quería nombrarlo marqués del Cau Ferrat–, Alfonso XIII se dirigió a la hija del pintor: 2Señora, ¿tenéis hijos?». María asintió. «Os deSeo que vuestros hijos se parezcan totalmente a vuestro padre», puntualizó el monarca.

La primavera de mil novecientos treinta y uno Rusiñol partió con su esposa a Aranjuez para pintar sus últimos jardines. Un ataque de uremia le había dejado muy desgastado. Recién llegado a Aranjuez, mandó una carta desde El Rana Verde. La letra era temblorosa y se iba achicando, como hormigueo de la agonía.

El reloj marcaba las 4 de la madrugada cuando sonó el teléfono en la casa de los Rusiñol, paSeo de Gracia, 96: al saber que su padre había fallecido, María tomó el expreso a la capital de España. Llegada a Aranjuez, supo de sus últimas horas: «Había llegado muy arrollado, ofuscado por ir a pintar. Daba la sensación de que no tuviese tiempo a perder, con prisa por terminar los 2 cuadros que había comenzado. La víspera de su muerte estuvo trabajando toda la tarde. Al regresar al hotel no pudo subir las escaleras por su pie». En el lecho de muerte solo preguntaba por esos 2 óleos que debía terminar.

Convendría que en las escuelas se propagara la vida y la obra de Rusiñol, a fin de que los educandos supiesen de la Cataluña abierta que encarnó aquel artista y escritor.

En esta Cataluña del ensimismamiento malhumorado y el victimismo obseso Rusiñol vuelve a resultar excéntrico, como cuando el Noucentisme le asociaba a la bohemia mental modernista. Exactamente los mismos que, aquellos años, amargaron la vida a Narcís Oller, más preocupados por su gramática que por la literatura. Quienes atacaron al autor de ‘La febre d’or’ fueron «la generación sin novela», versistas del galicismo que aborrecían, como el día de hoy la ANC, de la «contaminación» castellana.

Rusiñol representó un catalanismo cosmopolita que conjugaba El Greco con las guitarras de Andalucía. Los tristes estribillos del cante jondo podrían equipararse con el nacionalismo quejica… Mas, al acompañarse con la guitarra, «no tienen la negrura que tiene la tinta si es tinta negra» matizaba Rusiñol, martillo de doctrinarios: «Venga a apenar a la parroquia, y darles consejos, y amargarles la existencia, con cada consejo y cada sermón, que si les hiciésemos caso, aquello sería un mar de penas».

En las glosas de ‘L’Esquella’ que firmaba Xarau, parodia de Eugenio d’Ors (Xènius), Rusiñol era «políticamente incorrecto». Si los artistas intervienen en la ciencia les sale un académico de la lengua, afirmaba. Postulaba la libertad individual frente al Estado: «El arte oficial, el arte de encargo, el arte gubernativo, el arte afirmemos socialista, es siempre y en toda circunstancia un arte inferior al arte individualista…» Monótona y altilocuente iconografía subvencionada. En los teatros una lira, nubes, olivos, jóvenes con flautas, labriegos: «La Luz que Nace, El Alba que Brota, La Naturaleza que Resplandece… Todo con letras bien Mayúsculas y con figures bien Remayúsculas».

Enormes frontispicios como los eslóganes del independentismo de hogaño: martilleo de falacias para imponer, a empujones, la república-que-no-existe-idiota.

El catalanismo se torció cuando la sardana ya no fue danzar sino más bien hacer patria, lamentaba Rusiñol: «El voto corporativo punteado; las Bases de Manresa largas, o bien el programa del Tívoli corto. Son los Juegos Florales de la danza, Els Segadors del Contrapunto, o bien los Rigodones de la Causa». Estos bailadores siempre y en todo momento están serios, solemnes. ¡Nada de gracietas! «Cada paso que da es un acto, cada 3 pasos 3 actos y cada sardana un programa».

Por poner un ejemplo, los políticos que no asistieron al estreno de Joglars.

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