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domingo, 9 mayo, 2021

Mayo catalán (de mil ochocientos nueve)

El día de hoy es 2 de Mayo, Día de la Comunidad de la capital española, efeméride extraña a la historiografía nacionalista, como la guerra de la Independencia, llamada acá Guerra del Francès.

Asimismo hubo un dos de Mayo catalán contra Napoleón. El seis mayo de mil ochocientos nueve empieza la resistencia de Girona, el tercer lugar de las tropas invasoras al que Galdós dedicará su insigne Episodio Nacional.

El episodio barcelonés, conocido como el Complot de la Ascensión, empieza a gestarse el siete de mayo de mil ochocientos nueve para terminar con la ocupación del general Duhesme. El doce, víspera del jueves de la Ascensión, con un repique de campanas, se abrirían las puertas de la muralla a 8 mil soldados. Los maquinadores cuentan con la complicidad de 2 capitanes italianos del ejército napoleónico, mas uno de ellos les traiciona y da a los franceses los nombres de los cabecillas: el corredor de cambios Salvador Aulet y el funcionario Juan Massana.

Las detenciones tienen un efecto dominó. Caen los sacerdotes Joaquín Pou y Juan Gallifa y el subteniente José Navarro. (La calle subteniente Navarro, señora Colau, no es de un militar franquista, ya lo sabe).

Procesados el dos de junio de mil ochocientos nueve, al día después son ejecutados -garrote o bien horca- en la Ciudadela. Sus compañeros, el carpintero Ramón Pero, el espartero Julián Portet y el cerrajero Pedro Lastortras, procuran parar las ejecuciones; convocan al pueblo haciendo sonar las campanas en la catedral. Asediados, resisten 3 días hasta el momento en que, sin comida ni bebida, se entregan para ser ejecutados el veintisiete de junio.

En la plaza Garriga y Bachs, un monumento recuerda a los patriotas. Construido en mil novecientos veintinueve, si bien pendiente de la estatua central de Josep Llimona, aquel sitio de memoria fue menospreciado por los gobernantes de Esquerra Republicana. No se inaugurará hasta mil novecientos cuarenta y uno.

Otro episodio más, ignorado por una historiografía nacionalista que, como resalta Joan-Lluís Marfany, «invade» el periodo mil setecientos ochenta y nueve-mil ochocientos cincuenta y nueve y también impone la catalanización que extraña la historia común de España.

«Extrañeza» con respecto a una Guerra de la Independencia en la que Cataluña jugó un definitivo estrellato.

En ‘Nacionalisme espanyol i catalanitat’ (Edicions sesenta y dos, dos mil diecisiete), Marfany se sumerge en un océano reportaje para probar la implicación catalana en la resistencia antifrancesa: de los bandos a los avisos, pasando por el romancero popular.

Revela que los catalanes que combatían al invasor clamaban por Numancia, don Pelayo y el Cid: «Proclamas, bandos y otros documentos invocan, reiteradamente ‘la Nación’ y ‘la Patria’ y si en algún caso este segundo término puede hacer referencia a Cataluña –o a alguna de su urbes y pueblos–, nada señala que sea en menoscabo de la patria de España que es sinónima de nación», apunta el historiador. La expresión «esforzados catalanes» de las arengas ilustra el sentimiento de ser «sinceros y fieles españoles».

Si la Constitución de mil ochocientos doce substancia la nación de España, con el trienio liberal de mil ochocientos veinte el término de Nación se afianza. Sea desde el poder establecido o bien en las revueltas bautizadas como ‘bullangues’ del liberalismo revolucionario, el alegato patriótico es inequívocamente de España.

Ricardo García Prisión firma otra ilustrativa investigación sobre la implicación catalana en la batalla de mil ochocientos ocho-mil ochocientos catorce. En ‘El sueño de la nación indomable’ (Ariel, dos mil diecinueve) el historiador prueba que Cataluña jugó mayoritariamente la carta de España en frente de la de José I. Girona, Tarragona y Reus acuñaron monedas con la efigie de Fernando VII: «La resistencia de los sitios de Girona es buen testimonio del patriotismo catalán representando a la monarquía fernandista, como lo es la gran cantidad de proclamas que se editan en Cataluña en estos años».

Los nombres de Capmany, Lázaro de Dou, Amat, Castellarnau, Montoliu, Sans, Espiga, Marés, Creus están ligados a las cortes de Cádiz y en el ejército de España «no faltaron tampoco catalanes», apunta García Cárcel: Manuel Llauder, Josep Manso, Joan Clarés, Francesc Milans del Bosch…

El ‘seny’ lo expresa un Capmany receloso del pueblo desbordado: «Si tras haberle pintado y exagerado estos males mostrándole el origen de ellos y ofreciéndole los antídotos, no se le administran con prontitud, va a ser darle motivo y licencia a fin de que se impaciente, murmure, se queje y resista a la obediencia…»

García Prisión describe «una sociedad catalana muy plural, poco diferente a la sociedad de España de la temporada, que juega mayoritariamente la carta patriótica y solo patentizaría en los debates de las Cortes de Cádiz un punto de sensibilidad periférica con restos de la memoria sentimental del austracismo, mas muy reservada y muy puntualmente manifestada».

El 2 de Mayo es la celebración de la comunidad de la capital de España que el día de hoy encarna la sociedad abierta en frente de la ruindad abstraída de la Cataluña independentista.

El nacionalismo actúa como el can del hortelano: ni come, ni deja comer. Niega la implicación de Cataluña en España para entonces acusar a la villa de Madrid de monopolizar la españolidad.

La ocultación de mil ochocientos ocho, enésimo ejemplo de alienación secesionista.

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