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Un voluntario de la ONG Open Arms realiza un test PCR a un paciente en Vilafranca del Penedès.

radiografía de ocho meses que cambiaron el planeta

¿Se imagina que todos y cada uno de los ciudadanos de una urbe como Lleida estuviesen perjudicados por una peste? Bien, eso no ha ocurrido, mas la pandemia de coronavirus en Catalunya ha contagiado ya, desde sus principios, a ciento sesenta y tres.594 personas con data de veintinueve de septiembre, más del total de la población de Lleida, donde en la actualidad viven ciento treinta y nueve mil habitantes. ¿Y se imagina un distrito como la Barceloneta, en Barna, donde viven catorce y setecientos treinta y nueve vecinos, absolutamente asolado por una enfermedad mortal? Los catalanes fallecidos por covid-diecinueve son ya trece.328.

Estas comparativas sirven para hacerse una idea del indicio de dolor que deja tras de sí un virus todavía ignoto. La Conselleria de Salut avisó el primer caso de coronavirus el veinticinco de febrero. Era el cuarto en España: ya antes se habían registrado 2 en Canarias y uno en Mallorca. Los cronistas cubrían las conferencias de prensa en las que se notificaba de estos casos, que se creían apartados, con expectación y curiosidad. Los especialistas sanitarios, como el Jefe de Medicina Precautoria del Centro de salud Clínic, Antoni Trilla, o bien el entonces secretario de la Agència de Salut Pública de Catalunya, Joan Guix, insistían en lanzar mensajes de calma. Trilla, que negaba el peligro del coronavirus para España y Catalunya, charlaba de «infodemia»: la epidemia de la información, una sobreabundancia informativa falsa y su veloz propagación entre las personas y medios. Guix aseguraba que la eficiencia de las mascarillas era «ilusoria» y que su utilidad «no es real».

«Estamos totalmente preparados para advertir velozmente cualquier caso que pueda surgir siguiendo el protocolo, que se marcha actualizando», aseguraba por su lado la ‘consellera’ de Salut, Alba Vergés, el veintiseis de febrero, frente al segundo caso de coronavirus detectado en Catalunya. Este no fue un fallo exclusivo de la Generalitat, sino eran exactamente los mismos mensajes que, a nivel estatal, se lanzaba desde el Gobierno de España y, concretamente, desde el Ministerio de Sanidad. Y lo mismo ocurría en otros países del planeta. La OMS (OMS) no declaró la pandemia hasta el once de marzo. Mientras, la urbe china de Wuhan, donde se produjo la pandemia y en la que viven once millones de habitantes, llevaba recluída desde el veinticuatro de enero.

El coronavirus consiguió algo nuevo en la presente coyuntura política catalana: una conferencia de prensa conjunta entre el Estado y la Generalitat para lanzar un mensaje unánime de calma frente a la celebración del Mobile World Congress, previsto para finales de febrero y que jamás llegó a festejarse pues los empresarios, que no las autoridades sanitarias, le vieron las orejas al lobo. Ocurría dos semanas ya antes, el doce de febrero. «No existe ninguna razón que nos recomiende tomar ninguna medida auxiliar con respecto a ningún acontecimiento previsto en Barna, Catalunya ni en España», afirmaba el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, desde el Centro de salud Clínic, el centro catalán que, en un principios, se consideraba el referente para tratar los casos positivos de coronavirus. Solo un mes después, toda la sanidad catalana, incluyendo la pública y la privada, pondría sus camas para tratar la avalancha de enfermos de covid-diecinueve. Se postergan el resto cirugías y también intervenciones, salvo las más urgentes (como ictus o bien infartos), que jamás dejaron de atenderse. Se levantan centros de salud de campaña.

El virus consigue algo inédito: una conferencia de prensa conjunta entre Sanidad y Salut para lanzar un mensaje de calma frente al Mobile World Congress

El trece de marzo, España entraba en estado de alarma. Que la ciudadanía comprendiera qué significaba una declaración de esta clase llevó sus días. Se entendió bien cuando, de un día a otro, la gente pasó a estar recluída en su casa sin poder salir. Lo que vino después es de más conocido: no solo queda en patentiza la carencia de sanitarios y recursos, sino más bien asimismo los efectos de una década de recortes en la sanidad pública. El virus se ceba con los ancianos y, especialmente, con los geriátricos. La carencia de camas y ucis en muchos centros lleva a que muchos mayores no sean trasladados y mueran en las viviendas.

Aquel confinamiento que de entrada iba a perdurar un par de semanas se alarga hasta mayo, cuando empieza la paulatina desescalada. Joan Guix dimite como secretario de Salut Pública y el organismo, en plena pandemia, continúa sin liderazgo a lo largo de un par de meses.

La «nueva normalidad»

Que el planeta entero entra en una nueva fase ignota lo prueba el hecho de que la salida del confinamiento abre la puerta a una «nueva normalidad». El planeta de ya antes queda literalmente atrás. El empleo de mascarilla, la distancia social y la higiene de manos se transforman en obligaciones de la ciudadanía. Mas no basta solo con eso. Los primeros rebrotes en Catalunya llegan en el mes de junio, cuando la Generalitat ya había recuperado todas y cada una de las competencias tomadas por Sanidad con el estado de alarma. Y hace perceptible defectos de base: por poner un ejemplo, las condiciones malas de vida de los temporeros en Lleida, a los que les resultaba imposible aislarse o bien respetar las cuarentenas pues, si no trabajan, no cobran. En el mes de julio, Salut se ve obligada a confinar Lleida, su región del Segrià y L’Hospitalet de Llobregat por sus nuevos rebrotes. Los especialistas alertan de la carencia de rastreadores. Catalunya, un mes y medio tras el fin del estado de alarma, proseguía ignorando el setenta y cinco por ciento de los contactos de los casos positivos, algo indispensable para recortar las cadenas de transmisión.

La pandemia hace perceptible defectos de base, como las condiciones malas de vida de los temporeros de Lleida

La situación cambia y mejora con la llegada a Salut Pública del epidemiólogo Josep Maria Argimon, el veintitres de julio. Los datos sobre el coronavirus pasan a ser claros y trasparentes, y con ellos, llega la sensación de que, al fin, hay orden en la ‘conselleria’, cuyo trabajo durante la pandemia había sido errante. Se fortalece la vigilancia epidemiológica y empiezan los cribados masivos en las zonas con brotes.

Objetivo: el curso escolar

Catalunya se centra, singularmente, en contener los brotes a fin de que en el mes de septiembre resulte posible empezar el curso escolar. Y lo consigue. En estos instantes, en verdad, incluso en plena segunda oleada del virus en Europa, el territorio catalán vive una situación parcialmente estable: tiene un peligro de rebrote de ciento sesenta y tres (que es alto y, desde doscientos, altísimo) y un índice de reproducción (que mide la velocidad de propagación) de 0,94 (cuando está bajo uno, la perspectiva es halagadora). Mas, como otras comunidades, Catalunya mira con reojo a la capital de España, que aún no ha declarado el cierre de la zona y cuya situación puede expandirse.

Si en la primera oleada los centros de salud estaban sobresaturados,
ahora lo están los CAP, que encararán el otoño y también invierno sin refuerzos

El otoño y el invierno son dudosos. Se ignora de qué manera se comportará el covid-diecinueve al entremezclarse con otros virus respiratorios, como la gripe. Además de esto, si en la primera ola del virus, eran los centros de salud y sus ucis los que estaban al filo del colapso, en esta segunda lo están los centros de atención primaria (CAP), encargados de la detección de casos. Esta vez, la mayor parte de los contagiados son jóvenes y leves. Mas el virus prosigue siendo mortal y día tras día mueren personas. Si los CAP soportarán esta temporada sin un refuerzo de personal es una incógnita. Al frente, no hay certidumbres, solo un horizonte más bien turbio, a la espera de una vacuna que no va a llegar hasta el año próximo.